viernes, 27 de enero de 2017

SURPLUS DE PRODUCCIÓN EN TIEMPOS DE PAZ - English version below: PRODUCTION SURPLUS IN PEACTIME

ECOLOGÍA Y PAZ (English version below: ECOLOGY AND PEACE)
Meditaciones sobre ecología y la “posibilidad y conveniencia o no de la paz mundial”.

Image: Donald Trump-official portait, Wikipedia
El mundo parecía estar bien encaminado hacia el control del cambio climático y lograr la supervivencia del planeta urgida por algunos científicos con gran autoridad intelectual. Se habían logrado acuerdos históricos con el respaldo de los gobiernos más significativos del mundo, incluso el de los EEUU.
Pero ahora llega Trump y, desestimando la realidad o la ficción del cambio climático, cumple con su promesa electoral de eliminar esas ambigüedades ambientales que limitan la creación de bienestar económico de su pueblo.
Esto rescata de un aparente olvido un artículo (*) aparecido hace medio siglo que analizaba y discutía muy detalladamente, después de tantas guerras a costos materiales y humanos inconmensurables, la posibilidad y la conveniencia o no del establecimiento de una paz mundial.
El artículo mencionado presenta una larga lista de propiedades (ni el articulista ni este Editor querríamos llamarlas “beneficios”) de los estados de guerra y discute las instituciones que sería imprescindible montar para compensar la desaparición de esas propiedades de la guerra en una situación de paz universal y permanente. El número y la magnitud de esas instituciones mencionadas en el artículo es sorprendente.
De entre esas propiedades rescato una  no más importante que el resto de las de la lista, pero que si se pudiera lograr su manejo podría constituir un eje significativo en la discusión sobre las alternativas en el contexto guerra/paz. Me refiero a la propiedad económica de la guerra y su reflejo sobre la sociedad.
La guerra requiere armas en grandes cantidades, lo que implica el uso de recursos materiales y humanos enormes, recursos que serán destruidos durante la contienda.
Está claramente demostrado que las guerras han producido un importante aumento del producto bruto interno de los países, y que después de finalizada la contienda lo destruido tendrá que ser vuelto a producir – si bien con fines aptos no ya para la guerra sino para la paz. De no haber guerra no habría un aumento de la economía antes, durante y después de la contienda, efecto probado repetidamente durante las numerosas experiencias bélicas del mundo. Aún hoy la industria de los armamentos, bélicos o no, es uno de los factores económicos más significativos del mundo. El mundo no solo sigue andando después de las más cruentas guerras, sino que sus economías florecieron a causa de esa industria bélica. Esto tanto para los vencedores como para los vencidos, ya que los primeros (por lo menos en el caso de los EEUU) volcaron cuantiosos recursos para financiar la reconstrucción de los vencidos y establecer – o intentar establecer - un nuevo régimen mundial.
Si no se producen armas, habrá que producir otros bienes que tendrán que ser absorbidos por el consumo.
Pero el consumo tiene un límite que, una vez alcanzado un equilibrio, habrá que decidir qué se hace con el surplus de capacidad productiva cuando no se invirtiera en la industria bélica. Qué mejor, entonces, que otra guerra para consumir ese surplus de producción.
A menos que se genere alguna otra forma de moderar los surplus de producción adaptándolos a la capacidad de absorción de la sociedad. Una forma es, nos guste o no, el respeto por el medio ambiente.
Tomemos simplemente el discurso de reducir el consumo de combustibles fósiles, reducción que producirá, directa o indirectamente, una reducción de la producción de bienes.
Por ejemplo, si dejamos de considerar a los recursos naturales como ilimitados (y gratuitos en el caso del agua, el aire y la ecología), estos tendrían un costo que en el balance económico de las empresas productoras aumentarían los precios de los productos, limitaría el consumo y por ende los surplus de producción. Surplus que de otra manera irían a la construcción de armamento - para ser quemados en otra guerra.
Obviamente, esto presenta un problema porque los capitales invertidos o a invertirse requieren utilidades que vienen o de la producción de consumibles o de la industria bélica.
El mundo parecía haber comprendido esta paradoja, en especial los EEUU como la economía capitalista más fuerte del mundo. Pero Trump prometió una América para los Americanos (norteamericanos, se entiende) y esto descarta la opción de reducir la producción de consumibles y la consecuente reducción de utilidades derivadas de estos. Lo que implica que, si no se opta por el ecologismo para moderar la producción de bienes, no parece haber otra alternativa que optar por la guerra. Es más, el presidente norteamericano la considerará seguramente si no deseable, por lo menos inevitable, para aumentar el producto interno bruto de su país. Después de todo él es el responsable del destino de su país y, como buen empresario, un objetivo inevitable es la utilidad del capital invertido, no importa invertido por quién o en qué.
Este razonamiento parecería provenir de un anticapitalista. Si quien lee esto lo cree así, lamento desilusionarlo: proviene de alguien que cree firmemente que el capital es la herramienta más efectiva para crear riqueza y bienestar. Pero como todas las herramientas ella puede ser usada para la construcción o para la destrucción. En todos casos el resultado no depende del capitalismo, sino del capitalista. Ahora tenemos un capitalista a cargo del timón de la economía más poderosa del mundo. Qué clase de capitalista probará ser?
Ing. Jorge Casale, Editor, www.allorganics21.blogspot.com
(*) On the possibility and desirability of peace, Esquire, Vol. LXIII No. 6, pg. 129-223, Dic. 1967
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ECOLOGY AND PEACE
Considerations on ecology and the “possibility and desirability of world peace”.
The world seemed to be on the right track towards the control of climate change for the survival of the planet urged by some scientists of intellectual authority. Historical agreements were achieved and backed by the most significant governments of the world, including the USA.
But here comes Trump who, demising the truth or fiction of the climate change, complies with his ellection time promises of ditching those environmental ambigüities that limit the creation of economic welfare for his people.
This matter retrieves from apparent oblivion an article (*) published half a century ago analyzing and discussing down to the last detail whether after so many wars at enormous material and human cost, a world peace is possible or even desirable.
The aforementioned article presents a long list of properties (neither the author nor this Editor would dare to call them “benefits”) of a state of war and discusses the institutions that would be unavoidable to establish to compensate for the extinction of the properties of war if a situation of universal and permament peace existed. The number and the magnitude of the needed institutions mentioned in the article is astonishing.
Among those properties I’m referring to one that is no more important than the others in the list, but it is one property that if well managed  it could be a significant  hub in the discussion on the alternatives in a context of peace/war. I’m talking here about the economic property of war and its reflexes on society.
War requires weapons in great quantities, which implies the use of material and human resources that will be destroyed in the battle.
It is clearly demonstrated that wars have produced important increases of the countries’ internal gross national products (GNPs). After the war what it has been consumed must be produced again, this time not for war purposes but as consumer products during peace. If there were no wars there would be no increase of the GNP before, during and after the war, a fact repeatedly proven during the numerous war experiences in the world. Even today the armament industry – war or not – is one of the most important economic factors in the world, that not only kept turning on and on after the most cruel wars, but economies flourished due to this war industry. True for the victors as well as for the defeated, since the former (at least in the case of the US) poured sizeable resources for the reconstruction of the defeated, and tried to establish – or at least intended to establish – a new world order.
If arms are not produced, other goods must be produced and absorbed by consumption.
But consumption has a limit that, once a balance is reached, it will have to be decided what to do with the surplus production capacity if it were not invested in the war industry. What better, then, than other war to consume such production surpluses. Unless some other form of consuming production surpluses is found fitting them to the size of the consumption capacity. One way is, like it or not, to take care of the environment.
Let’s simply consider the discourse of reducing the use of fossil fuels. Such reduction will produce, directly or indirectly, a reduction in the production of goods.
For example, if we stop considering natural resources as unlimited (and free in the case of air, water or ecology) the costs of these inputs should be then entered in the balance sheet  of producing companies that will thus increase the price of their products, limiting consumption and, therefore, reducing surplus productions that would otherwise go to arms production – to be incinerated in another war.
Obviously, this presents a problem because the capitals invested or to be invested in industry require profits to be produced from production of either consumables or war industry. The world seemed to have understood this paradox, specially the USA, the strongest capitalist economy of the world.
But comes Trump that, among ellection promises, he promis an America for Americans (North Americans, that is), and this ditches the option of reducing production of consumables, and consequently a reduction in profits derived therefrom. This implies that not opting for moderation of goods production  it doesn’t seem to be other option than war. Moreover, the North American President will probably consider it if not desirable, at least inevitable in order to increase his country’s GNP. After all, he is responsible of his country’s future and, for him, as the good corporate CEO he is, an inevitable objective is to maximize the profits of capital invested no matter by whom or in what.  
This reasoning may sound as coming fron an anitcapitalist. If anybody thinks so, I’m sorry to disappoint him: it comes from a man that considers capitalism the fittest tool to create wealth and peoples’ welfare. But like any tool, it can be used for construction or for destruction. In any case, the good or bad results depend not from capitalism, but from the capitalist. Now we have a capitalist in charge of the rudder of the most powerful economy of the world. What kind of capitalist will he prove to be?
Jorge Casale, Editor, www.allorganics21,blogspot.com.ar

(*) On the possibility and desirability of peace, Esquire, Vol. LXIII No. 6, pg. 129-223, Dec. 1967

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